El abrigo

Escrit el 27/03/2013 a les 15:04 § 1 comentari

 (a partir de 8 años aprox. )

 

El abrigo de ciento siete bolsillos siempre había estado colgado allí y no recuerdo nunca habérselo visto puesto.
Cuatro plumas verdes y azules en el cuello, veintidós botones de tres colores y treinta ojales.
Yacía blando y bien dormido detrás de la destartalada puerta de la entrada y sólo se movía aburrido si se colaba una ráfaga de viento en medio de los listones. Listones remendados muchas veces desde hace más de mil años. Un clavo encima del otro.
La casa era tan vieja, tanto, que si se cerraba de golpe, temblaban los cimientos, la chimenea tosía y el tejado se sacudía dejando caer la nieve. Aunque no era tan frágil como parecía.
Estrecha como una caja de cerillas y larga como un lápiz.
En la punta más alta, del pico más puntiagudo de la montaña más lejana del valle de Argón.
Más que un edificio, era un abrazo de madera, piedras y ramas. Un nido de donde la abuela no se movía.

A mi abuela Sión, del medio de los cabellos le salía una luz naranja que la acompañaba por donde fuera, que le daba calor como un fuego y que le encendía las mejillas y la puntita de la nariz.
Ordenaba sombreros y hacía sopitas y tejía bufandas para sus gatos. No hacía más que eso mientras musicaba canciones sin palabras que le nacían en la garganta. Cancioncillas con los labios prietos
La abuela decía que lo peor que le podía pasar a un gato era enfermar de dolor de garganta.
Y cuando algo le angustiaba hacía estallar las agujas tejiendo sin parar.
Clic-clac-clic-clac-clic-clac
Para sus gatos.

El día que se me ocurrió meter la mano en el tercer bolsillo del abrigo, yo era una chiquilla y ella estaba tan atareada que no se le veían los pies; cubiertos de serpentinas de media y ovillos que la Minina enredaba jugando. Llevaba la falda y los hombros llenos de lanilla y una pila de sombreros, altísima, la custodiaba como si a su lado tuviera un espectador con muchas cabezas.

No me vió o eso me pareció.

El tercero era el más tentador porque siempre que yo llegaba, el aliento frío que me seguía de la calle, se le colaba y la hinchaba como si respirara. Como si me llamara a prenderla.
El tercer bolsillo de mi derecha, empezando por abajo.

Todo escondía secretos en la casa de la cima pero ese abrigo me embrujaba la mirada.

Cuando el dedal me encontró el dedo, me apretó bien fuerte. Al sacar la mano, ya lo llevaba puesto. No me cogía, casi me mordía y el dolor se me hizo insoportable al instante.

Hay que atravesar diez encinas centenarias y doce abetos negros embadurnados de matorrales y zarzas que arañan como demonios, si lo que quieres es llegar al lago. Esto y la escarcha fría que te cae encima que te moja el pelo y que te hace venir lágrimas dulces y de mentira a los ojos.
Sólo hay pendiente hasta el final. Pendiente que te empuja y que te aleja de la abuela, de la casa y los gatos. Del olor de sopitas.
Hay que volver a levantarse sin vacilar y sortear madrigueras de gnomos y enanos que siempre aparecen improvisados en cualquier lugar del bosque. Y piedras resbaladizas de musgo. Hay que ser lo suficientemente diestro para llegar a tiempo y yo lo hice porque el dedal me llevó.

En el valle de Argón las aguas son encantadas.
El lago es un mar oscuro y silencioso a quien han tomado las olas.
Las aguas son mágicas y humean y los humos hacen rostros y bocas que hablan a quien sabe mirar.
Si el sol se atreve, la brisa le borra la luz. Por eso el lago siempre es gris.

Introduje el brazo en las profundidades y destellos de colores hicieron venir peces y serpientes y mujeres de barro. Acuosas y trémulas que me robaron el dedal.
**

El abrigo de los ciento siete bolsillos tiene un desgarro. Del tercer bolsillo al suelo cuelgan seis hilos.
No lo quiero coser.
No lo coseré.

Desde que la abuela no está cada mañana preparo diez tazas de té con 10 cucharitas distintas puestas del revés y las golpeo brevemente contra las tazas para romper silencios antes de remover.
Cling-clang-clong
Todas hacen su ruido y no es ni porque si ni es porque no.

Remueve que removerás, me vienen picores en la nariz. ¡No! No me puedo tocar que se me apagará.
Espero.
Ordeno sombreros y hago bufandas nuevas para gatitos. Ummh, a la Minina pequeña le moquea el morrito.
Espero.
A que se abra la puerta y ella, mi nieta, entre corriendo a espiarme. Con sus ojitos de miel prendados en él: El abrigo.

Y el abrigo se estremece de frío haciendo temblar los misterios de los bolsillos.

Ciento siete. Ciento siete bolsillos son.
Cuatro plumas verde y azules en el cuello. Veintidós botones de tres colores y treinta ojales.

 

 

 

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